+-----------------------------------------------------------+ |...........................................................| |..Lo.mejor.del.fanfiction..................................| |..._______..................______...........__._..........| |..|__ __|................| ____|........./ _(_).........| |.....| |_ __.__._._.__..___| |__ __._._.__.| |_ _..___.....| |.....| | '__/ _` | '_ \/ __| __/ _` | '_ \| _| |/ __|....| |.....| | |.| (_| | |.| \__ \ |.| (_| | |.| | |.| | (__.....| |.....|_|_|..\__,_|_|.|_|___/_|..\__,_|_|.|_|_|.|_|\___|....| |...........................................................| |...............................http://www.transfanfic.org..| |...........................................................| +-----------------------------------------------------------+ | | |Título original: Rebound | |Autor : Kristine Batey - kbatey@northwestern.edu | |Traducción : Miguel García - garcia.m@gmx.net | | | +-----------------------------------------------------------+ Este es un fanfiction basado en Inuyasha, de Rumiko Takahashi. Todos los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi y Shogakukan. Nota del traductor: Quienes sólo han visto el animé hablado en castellano, con doblaje mexicano, conocen a la protagonista como Aome. Su verdadero nombre es Kagome. Ese es el nombre que se utiliza aquí. Despechos (Parte 1) por Kristine Batey versión castellana de Miguel García Una mañana, el muchachito tierno y medio pánfilo que una vez le dijera que jamás podría querer a otra la miró desde la cara de un hombre ya grande y dijo: --Tengo que decírtelo... hay una mujer del trabajo, una joven de la oficina. Para sorpresa de ella, su reacción inical fue un raudal de alivio... "y eso --pensó-- nos dice adónde ha llegado a dar la relación". Más entrado el día volvió a sorprenderse al ser sobrecogida por un alud de dolor y rabia. Tuvo que agarrarse del borde de la camilla para estabilizarse, agradecida de haber puesto en manos del residente la labor de suturar la barbilla del anciano. Así las cosas, el residente interrumpió su accionar, alarmado, creyendo haber cometido algún error. --¿Doctora? --dijo, no "¿Doctora, la estoy cagando?"; era un residente de último año, con experiencia suficiente para saber que el paciente no debía oler las dudas. Ella resistió el alud, volvió en sí y le echó un vistazo breve a la herida, tranquilizando al alumno al asentir un poquito, con gesto académico. En realidad, los puntos estaban un pelín demasiado apretados; nada que fuera gran problema, pero la practicante que terminara quitándolos tendría que maniobrar y tirar un poco. Se lo mencionaría al residente luego de que el paciente se fuera. Esa noche, en el trayecto de regreso, casi pasó por la casa de su mamá a darse una vuelta por el pozo, pero lo descartó. Y luego, una vez dentro de su departamento, casi se dio media vuelta para devolverse a la casa de su madre. Él se había ido. Y de verdad, se había ido. No podía quejarse de no haber sido avisada. "Si no es problema, voy a pasar por allá cuando estés de guardia, para sacar mis cosas". Ella había previsto que se llevara una maleta, el cepillo de dientes y la máquina de afeitar; artículos triviales: lo suficiente para vivir mientras se instalaba con su nueva... ¿Nueva qué? ¿Nueva vida? ¿Nueva obsesión? ¿Nueva prestadora de culo? Estaba enrabiada otra vez. Tuvo el impulso de hacer la escena de la mujer traicionada vista en las películas: tijeretearle la ropa, hacerle añicos el espejo de afeitar, tirarle los zapatos por el balcón. Pero no había nada: ni ropa, ni espejo de afeitar, ni zapatos, ni cepillo de dientes, ni monedas sueltas encima de su cómoda, ni tazón de café con su nombre. Con su prolijidad de siempre, don Perfecto se había llevado todo, _todo_, lo que dijera que un hombre llamado Hojo había compartido un hogar con ella durante una docena de años. No, momento: allá en el basurero del baño había un pedazo de hilo dental con gusto a menta. Esa mañana, como cada mañana, él había estado dieciocho minutos pasándose el hilo por su condenada dentadura perfecta, después de lo cual se había sentado a la mesa del desayuno para decirle "Te juro que jamás planeé que pasara esto". Tomó el hilo dental y se lo llevó al dormitorio... suyo ahora, no nuestro. Sus cajones estaban vacíos, su lado del armario, vacío, se había llevado su *almohada*. En el cajón del tocador encontró unas tijeras de uñas. Se instaló delante del espejo con orla de suaves bombillas rosáceas, mirándose cortar el hilo dental en pedacitos diminutos: una mujer enrabiada, en la segunda mitad de los treinta y tantos, cometiendo un acto desquiciado, pero atractivamente iluminada. Recogió los pedazos de hilo dental, los llevó al excusado y los echó al retrete de estilo occidental, luego tiró la cadena. Algunos pedazos desaparecieron en la cascada; los demás volvieron flotando perezosamente a la taza. Tuvo que tirar la cadena tres veces para deshacerse de todos. Desgraciado. Se echó en la cama y volvió a pensar en el pozo. Y siguió pensando en este, extrañamente, de nuevo y de nuevo, durante los siguientes dos o tres meses. El asunto se volvió una separación amigable, si es que tal cosa existía. Concordaron en que habían sido demasiado jóvenes, concordaron en que con la edad se habían ido apartando. ¿Habían concordado en que se sentían estafados? ¿En que él era demasiado monótono, demasiado convencional, demasiado afable, demasiado ordenado, demasiado civilizado, demasiado... perfecto? ¿En que ella estaba demasido extraviada, demasiado resentida, demasiado insatisfecha, demasiado briosa? Hasta fue al casamiento, se sentó con la familia. La novia, de nombre Miyu, como la vampiresa, era joven, pero no tanto: veintiocho, veintinueve. No una Office Lady en busca de marido, sino una gerenta que inesperadamente encontró el Amor Verdadero. Y era amor. Esta joven, la flamante señora Hojo, lloraba de alegría en su propia boda, y a su marido se le empañaban los ojos de puro mirarla a la cara. Se estremecía la voz de la novia al hablar de sus pocos meses juntos, del hombre chistoso y atento que la sorprendía con flores y helado y paseos a altas horas a clubes de blues, a pizzerías de trasnoche, a funciones de títeres. ¿Quién era este hombre, este hombre exuberante, espontáneo, querible, y de dónde había sacado una función de títeres a la una de la mañana? Le vino la respuesta: ese era el hombre que amaba a Miyu. El hombre que había encontrado una vida nueva en los ojos de Miyu. El hombre que "jamás planeó que pasara esto". Que, sin duda, se había bajado un día de un ascensor en un piso misteriosamente equivocado, para luego avanzar desconcertado por un pasillo desconocido, espectral, tratando de encontrar su oficina y en vez de eso encontrando al amor de su vida ensartada a la puerta del baño de mujeres con una flecha atravesándole un senito puntudo. Kagome lo visualizó asiendo el seno no traspasado --¡para apoyarse, nada más!-- y extrayendo rápida, perfectamente, la flecha con la otra, luego capturar ágilmente a la doncella durmiente (¿era Miyu doncella todavía? Ya iba para los treinta. Lo más probable era que no) con su brazo libre, si es que tenía un brazo libre; Kagome iba en la tercera copa de champaña y no podía llevar la cuenta de cuántos brazos había ya usado en la escena. Empezó a engrifarse por la mano puesta en el seno, luego se recordó estando en la misma situación. Se volvió hacia el hombre a su izquierda, un amigo del novio. --Si tuviera que hacerlo de nuevo --le dijo--, ni por el carajo caería con lo de las orejas. El hombre la miró de hito en hito. Era quizá cuarentón, con un proyecto bien encaminado de calvicie, cejas espesas. Ella nunca en su vida lo había visto. --Si eres amigo del novio --le dijo--, ¿cómo no te conozco? --Ah --dijo este, mirándola a los ojos--. Tú debes ser la ex. Fue como si la hubiera aguijoneado una avispa, una de las saimyosho. Ella era la ex. La ex amante de Hojo Junsei. La ex Dama Kagome, ex compañera de Inuyasha Buscador de la Shikon no Tama. Bajó un poquito los párpados y le clavó una mirada desde el velo de sus pestañas. --No soy ex de nada --dijo--. Soy médico especialista en atención de emergencia. --Batió las pestañas--. Y de las buenas --añadió. Se inclinó hacia adelante de modo que el escote de su vestidito negro se entreabriera un poco. El Amigo Del Novio se puso de color rosado. No era un hombre ante quien muchos vestiditos negros se hubieran entreabierto. Kagome lanzó un vistazo fugaz a la mesa principal, y el vistazo fugaz se volvió un vistazo largo. Hojo el Perfecto y Miyu la Dulce la estaban mirando. Y luego se estaban mirando los dos. Y cuchicheando. Y dándose una sonrisita especial. "Por la mierda --pensó--, ¡se alegran por mí! ¡Él se alegra por mí! Estoy aquí instalada coqueteándole a un cagatintas de su oficina, y creen que encontré el Amor Verdadero". Cayó en la horrenda cuenta de que la habían sentado deliberadamente al lado de este hombre, que la Novia y el Novio habían tenido la esperanza de que hicieran migas al instante. Se preguntó si el Amigo Del Novio era también Ex De La Novia. Llegó un camarero y le llenó la copa de champaña. La apuró de un trago. --Parece que te gusta el champán --dijo el Amigo Del Novio. Se corrió más adelante y la favoreció con un guiño conspiratorio--. A lo mejor me puedes contar algunas de las *otras* cosas que te gustan --murmuró, y su aliento era una nubecilla de olor a cigarro y ajo. Ella apoyó la frente contra la amplia y lustrosa frente de él: --Me gustan... las garras. Y los colmillos. Y los ojos dorados. Y... las orejas de perro. Me... fascinan... las orejas de perro. Y, acto seguido, se cayó de la silla. Se negaron a dejarla irse a su casa manejando. Al principio había opuesto resistencia, pero Hojo le indicó a Miyu, orgulloso: --Higurashi dirigió una campaña de los servicios de emergencia contra la conducción en estado de ebriedad. ¡Les fue fantástico! Las lesiones atribuibles a la conducción bajo efectos del alcohol en la ciudad disminuyeron en un, ¿cuánto era, Higurashi? ¿Veintiuno coma ocho por ciento? --Veintiuno coma sesenta y siete --dijo ella. ¡Él se estaba *vanagloriando* de ella! El cabrón tenía la desfachatez de *jactarse* de ella ante... ante la mujer que amaba de verdad. Ante su primera elección. La que había esperado en secreto que llegara algún día. Hojo sonreía en los ojos de Miyu. --Bueno --dijo él--, eso se redondea a veintiuno coma ocho. Yo creo que le podemos regalar el otro coma cero cuatro por ciento, ¿cierto, Miyu? Los dos se sonrieron por encima de la cabeza de Kagome; estaban uno a cada lado de ella, sosteniéndola en pie, Hojo de chaqué, Miyu en el tercer vestido que se ponía aquel día, un vestido de novia occidental a toda fanfarria de tafetán blanco y encaje con una cola de metro y medio drapeada en el brazo que no estaba sujetando a Kagome. Años después, pensó Kagome, la señalarían en los videos de la boda y les dirían a sus hijos, "Esa de ahí es Higurashi, una chica que fue al colegio con Papi". (Omitirían oportunamente los años de estarse manoseando en los cines, bajando en puntillas por escaleras de incendio, los futones compartidos en departamentuchos de estudiante, y la docena de años de respetable cohabitación.) "A Higurashi le hizo un poquito mal la champaña esa noche. ¡Mami y yo prácticamente tuvimos que subirla arrastrada a un taxi! ¡Hubieran visto a Mami vestida de novia, tratando de evitar que Higurashi se cayera bruces!". Se le ocurrió de pronto a Kagome que el hombre que los había seguido al salir del hotel era el camarógrafo. Rompió a llorar. Hojo le hizo señas a un taxi, y los dos maniobraron con ella hasta la cuneta. Hojo la apuntaló contra el guardabarros y dijo: --No me gusta la idea de que estés sola en ese departamento tan grande. Le voy a decir que te lleve a la casa de tu mamá. Asomó la cabeza dentro y le dio al chofer las indicaciones, y un par de billetes grandes. --Por los problemas --dijo--. Va a tener que ayudarla a subir un montón de escaleras. Kagome seguía llorando y la nariz le chorreaba. Se limpió la cara con el brazo, dejando un largo manchón negro de rímel y una reluciente estela de moco desde la muñeca al codo. Miyu con su blanco vestido de novia quedó mirando el brazo y dio un paso atrás. Kagome se le fue encima para abrazarla; Hojo bloqueó impecablemente. Sí que eran un equipo, esos dos. --Miyu --dijo Kagome--, eres tan buena, de ayudarme así, eres tan... tan... ¿Tan qué? Tan golfa. Tan puta. Tan perra. Tan puerca. Tan rival. Tan vencedora. Miyu objetó con una preocupada carita reprobatoria. --No, Kagome --plañió--, nosotros te queremos. A las fracasadas. A las ex. Uy que las queremos. --No --dijo Kagome--. Si yo fuera tú y viniera una... amiga, una novia de antes, a emborracharse en mi casamiento, no creo que pudiera hacer esto. Creo que la mataría, por pura lástima. Le atravesaría el corazón de un flechazo. Tuac. El hombre ya grande que había matado al muchacho que una vez dijera que nunca podría querer a nadie más que a Kagome la metió en el taxi y cerró de un portazo. Al alejarse, Kagome pudo verlos de pie en la cuneta, tomados del brazo, La Novia y El Novio, una versión en tamaño natural de las figuritas de encima de la torta. Y así fue a dar ante el pozo. Entiéndase que ella había estado ante el pozo muchas veces a través de los años. Al principio, todos los días. Todos los días se había subido al reborde, de pie allí para luego lanzarse al aire. No, no necesariamente de pie. Los primeros días había sido de pie; después se había sentado, con los pies colgando; después se había agarrado del reborde de madera para luego soltarse con cuidado, porque estaba cansada del porrazo contra el fondo del pozo. Llegó a hacer eso todos los días durante más de dos meses: dos meses largos, moreteados, doloridos. Después de eso fue día por medio, cada pocos días, una vez a la semana, semana por medio, de vez en cuando. Cada vez que se encontraba sollozando con la cara en la almohada o hipando ante la tarea del colegio, se iba al pozo. Después de su primera cita post-Inuyasha; después de su primer beso; después del primer viaje preliminar a la farmacia: don Perfecto era planificador; un hombre de acción, sí, pero sólo después de la adecuada preparación. ¿Caminaron él y Miyu juntos a la farmacia? ¿Le preguntó si de verdad estaba segura? ¿Pasaron a tomarse una Coca-Cola? ¿Le tomó la mano por encima de la mesa, con la bolsa de papel puesta entre los dos, le dijo que era la única mujer que amaría en su vida? Kagome abrió la puerta del pequeño santuario. Hacía años que no intentaba esto, años desde que había abandonado todo intento, vencida al fin por las rodillas, codos y esperanzas molidas a moretones. Estaba oscuro; era tarde, casi medianoche. Al otro lado del patio la casa estaba a oscuras, su madre acostada hacía mucho rato, su hermano en la casa de su novia, su abuelo en el cementerio al lado de su padre. Se sentó en los peldaños de la entrada del pequeño lugar sagrado; estaba empezando a llorar de nuevo. Estaba demasiado oscuro dentro, negrura total; no podía hacerlo, no tenía el valor. Se quedó sentada un momento intentando recobrar la compostura. Seguía un poco borracha, pero no tan borracha como antes. Hurgó en su carterita de fiesta buscando un pañuelo y encontró un llavero fluorescente de Shikon no Tama, con las llaves de su casa, del auto, y una linternita que siempre olvidaba que tenía. Presionó el extremo de la linterna y un rayo de luz minúsculo se ensartó en la oscuridad. Los ojos se le iban acostumbrando a la penumbra; eso y el mínimo haz de luz bastaron para convencerla de bajar la escala. Se sentó en el reborde del pozo mirando las llaves que tenía en la mano. El auto estaba allá en el hotel; tendría que ir a buscarlo mañana. Soltó el botón de la linterna, de modo que la única claridad fue la poca luz de luna que se infiltraba por arriba y el brillo espectral de la auténtica Shikon no Tama de plástico fosforescente que sostenía en la palma. Era una amarilla; las amarillas eran para ofrecer oración en memoria de los muertos. Hacía tanto tiempo, ella y los demás habían tenido suficiente noción de lo que es el destino como para creer, incluso al írseles de las manos unos pocos fragmentos, que llegaría un día en que el semidemonio Inuyasha tendría en sus manos la Shikon no Tama íntegra y pronunciaría las palabras que determinarían su propia suerte, y acaso las suertes de todos los demás. Él había visto suficiente para saber que la joya era peligrosa, y que él mismo era igualmente peligroso. La había llamado a ella aparte para decirle su decisión: si era posible, se convertiría en humano y devolvería también la humanidad a Kikyo, y vivirían los dos juntos el resto de su vida humana. El plan original. Semejante cosa, tan buena y noble, destruiría, claro estaba, la dependencia con la joya de Kagome. ¿Era capaz Kagome de dejarlo ir, de dárselo a Kykyo con sus parabienes, irse a su casa a vivir su vida, tal vez no sin remordimientos, pero sin amargura en el alma? Él era humano al preguntarle aquello. Se sentaron apartados de los demás, y el campamento era una llama de vela en la distancia, con el fantasma umbrío de la luna en sombras flotando por encima de ellos en un mar de estrellas. Un minúsculo bengalazo de rabia roja ardió en ella porque sabía que él había hablado primero con Miroku, sabía que Miroku la había sindicado a ella como la piedra de tope, el escollo, sabía que Miroku había sugerido que él se presentase así, para que ella pudiera ver, ahí mismo en esa cara, en ese pelo y en esas manos, el sacrificio que él también estaría haciendo. Ella miró el suelo, torció una hoja de pasto entre los dedos. --No sé --dijo--. No sé si te puedo prometer eso. Él suspiró y puso cara de rabia, pero controló su genio, y ella supo que Miroku lo había instruido, que le había dicho que no debía estallar, que no debía dejar que la discusión se volviera un campeonato de gritos. --Entiendo --fue todo cuanto él dijo, y apartó la mirada. Ella hizo lo mismo. Hubo un silencio largo, y luego él dijo: --Hay otra manera. Ella levantó la vista. La mirada de él era firme; su rostro, calmo y triste: --Podrías quedarte aquí conmigo. Con nosotros. Sería... como ha sido hasta hoy, solo que yo estaría como estoy ahora. --Se señaló con un ademán, su cuerpo humano--. No sería ni de ella ni tuyo. Esposo de ninguna de las dos. Sería contigo lo que quieras de mí, y lo mismo con ella. Sin preguntas por parte de nadie. Esto tendría que hacerse con tu aprobación y con la de ella. Ella... ella tenía mi promesa, cincuenta años antes de conocerte a ti. Ella va a estipular sus condiciones, y después tú vas a estipular tus condiciones dentro de los límites de ella, y yo voy... voy a hacer lo que se pueda. Ella tenía ganas de gritar "¿Estás loco?". Quería pegarle. Quería azotarlo en el suelo con su única palabra de poder. Lo miró a la cara, a la callada resignación que allí había, y supo que él entendía que ella estaba pensando todas esas cosas. Y entonces descubrió que su mente cortaba entre la rabia y los celos y la amargura hasta no dejar sino un argumento. --Tendría que dejar a mi familia --dijo--. Me estás pidiendo que abandone mi casa para siempre y que viva contigo. De pronto ya no fue más la Dama Kagome, la bravía e ingeniosa compañera del Señor Inuyasha, ya no la bienquista mujer que había renegado de su propio corazón para permanecer acérrima junto al hombre que estaba enlazado a otra. Era una colegiala de quince años con ganas de irse a su casa a terminar de criarse. Vio los ojos de él engrandecerse al oír la respuesta; nunca se le había ocurrido que pudiera haber otras cuestiones además de su enlace con Kikyo. Pareció mirarla desde el otro lado de un despeñadero, de un precipicio que ahora ella entendía que siempre había estado allí: el cisma infinito del tiempo, el abismo que ella llevaba tantos meses tratando de saltar. Cruzó el abismo con las manos y le dio a él un beso en la frente, luego le quitó el rosario del cuello y se lo depositó delicadamente en una mano. ------------------------------------------------------------------