+-----------------------------------------------------------+ |...........................................................| |..Lo.mejor.del.fanfiction..................................| |..._______..................______...........__._..........| |..|__ __|................| ____|........./ _(_).........| |.....| |_ __.__._._.__..___| |__ __._._.__.| |_ _..___.....| |.....| | '__/ _` | '_ \/ __| __/ _` | '_ \| _| |/ __|....| |.....| | |.| (_| | |.| \__ \ |.| (_| | |.| | |.| | (__.....| |.....|_|_|..\__,_|_|.|_|___/_|..\__,_|_|.|_|_|.|_|\___|....| |...........................................................| |...............................http://www.transfanfic.org..| |...........................................................| +-----------------------------------------------------------+ | | |Título original: The Reluctant Jezebel, Parte 1 | |Autor : Agent Orange - orangeglow151@yahoo.com | |Traducción : Miguel García - garcia.m@gmx.net | | | +-----------------------------------------------------------+ La reacia Jezabel A las mujeres nos toca pagar el pato en situaciones como esta. Remontémonos a Adán y Eva, y vas a ver de qué hablo. Somos las viles incitadoras, ¿no? Podemos dejar de rodillas tanto a hombres como a reinos, a veces con un mismo resuello. Sin ningún tipo de ayuda dejamos hecho ruinas todo Camelot. Empezamos la guerra de Troya por el solo hecho de estar ahí presentes. Causamos toda clase de descalabros en las obras de Shakespeare. Y ahora esto. La verdad, no fue mucho lo que yo hice. No hice más que tener algo con un hombre, y después darme cuenta de que estaba enamorada de otro. Los hombres viven haciendo eso. Y cuando lo hacen, nosotras las mujeres, las zorras pérfidas que somos, nos limitamos a despelotar un poco el dormitorio, tal vez les quemamos una que otra pertenencia, cortamos de las fotos la cara de ellos. Cosas tontas, niñerías. No voy a mentir. Pero luego nos mordemos todo y seguimos adelante. Que se rían de nosotras todo lo que quieran, pero, bueno, al menos es mejor que dejar que los mongoles invadan el país de uno, o algo así. Supongo que me adelanto mucho. Supongo que debería partir por el comienzo. El cual, bien mirado y pensado, está en el asiento trasero de un descapotable, en alguna parte de lo que una vez se llamó Minnesota. American Girls After all it was a great big world With lots of places to run to And if she had to die tryin' She had one little promise she was gonna keep [Al final era un mundo inmenso Con muchas partes a donde correr Y así debiera ella morir en el intento Tenía una promesita que satisfacer] --¿La estás, ehh..., pasando bien? El chiquillo me miró con unos ojos tan de asustado, tan de ávido, que ¿cómo le iba a decir que no? ¿Cómo iba a decirle que su farfulla incompetente me causaba más o menos el mismo erotismo o excitación que..., pues, un muchachito imberbe de diecisiete años y sus manoseos buscando al tuntún la ruta al coito en el asiento trasero del auto de su papá? No se puede. Así que en vez de eso le dije "¡Aaayy, ssssíiiiiiiiii!". Eché la cabeza para atrás, tanto para parecer que estaba gozando como para que él no me viera la cara de aburrida. Por Dios, ¿qué hora era ya? Hace una hora que debí haber llegado a mi casa. Mejor me apuro en tener el súper orgasmo. Completé mi actuación, y el niño pareció apaciguado. Raro. Siempre los veía como hombres al conocerlos. Hombres grandes, fortachones. En algún instante entre la cena y este momento, siempre se revertían de vuelta a niños. Y no era que yo viniese de vuelta de todo. Yo tampoco tenía más de diecisiete. Pero cuando estaba con ellos, me sentía una veterana. Para cuando cumplí veinte, vivía en un departamentucho de Marte, y ya estaba bien hastiada de los niños. Sé que sueno fría. Pero yo quería de mi vida más que cerveza en lata y el asiento de atrás. Todas quieren más que eso, me imagino. Pero sucede que, si se es hombre, esa inquietud te hace un visionario, un aventurero. Cuando se es una tipa que por casualidad se ve decente con pantalones de cuero, una es un cliché. Otra cara bonita con ganas de salir en las películas. ¿A cuántos directores se habrá tirado para el próximo año? Sé lo que estás pensando. Ay, pobre niña bonita. Qué terrible ha de ser tener buena facha. Y concordaría contigo. Por cierto que no lamento mi físico, que, por lo demás, me fue dispensado por una combinación fortuita de ADN. Pero, como con todo el mundo, hay juicios al vuelo que la gente hace acerca de una, basados en la apariencia. Tú tienes los tuyos. Yo tengo los míos. La gente, por ejemplo, supone de manera automática que soy tarada. Voy a admitir que muchas veces tengo la mirada como desenfocada, pero se debe en mayor parte a que muy posiblemente no estoy escuchando qué carajo estás diciendo. Eso no me hace tonta. Me hace cansada. ¿Y quién no se cansaría? Solo hay como veinte frases de aspirante a galán en el universo conocido, y ya las he oído todas, repetidamente. Una sola vez quisiera que llegara un tipo a decirme "quiero fornicar contigo". No le diría que sí, pero agradecería la sinceridad. Y así al menos puedo pasar al inevitable rechazo sin tener que estar veinte minutos chachareando boludeces. Otra vez, sueno fría, pero me imagino que la aspereza es efecto secundario de la repetición. Y entonces llegó Vicious. Para empezar, de verdad se llamaba Vicious. Claro, sabía que no se llamaba así en realidad. Pero así se me presentó él, y con la cara seria. Es más, de primera no le entendí cuál era su nombre. Simplemente, se volvió hacia mí y dijo "Soy Vicious". Bueno, esa era nueva, así que al menos obtuvo mi atención. --Claro, y yo soy Difícil... O Difícilus, si quieres --largué de vuelta. Andaba en mi etapa de sagaz. --¿Tienes auto? --me preguntó. Dios del cielo. Aquí estaba. Era por fin el único tipo que me iba a pedir derechamente que fornicara con él. Yo estaba fuera de mí. --Ehh, sí --dije--. Sí, tengo auto. --Sal y arráncalo. En unos minutos, un amigo y yo saldremos corriendo de este bar. Nos vamos a subir a tu vehículo y tú vas a conducir. --¿Conducir adónde? --Adonde te digamos. --Ya. Y yo te voy a decir que te vayas a cagar. Vicious se abrió de pronto el abrigo para revelar una pistola. Mierda. Mil veces mierda. Pero luego hizo algo totalmente inesperado. Me pasó la pistola. --Ehh... --dije. ¿Qué más se puede decir, en realidad? --Como garantía --dijo--. Te puedo asegurar que el asunto no tiene nada que ver con sexo. Si hallas alguna prueba de lo contrario, baléame con toda confianza. --¿Y cuál es el asunto? --pregunté, con la voz temblándome al guardarme el arma en la chaqueta. --El asunto tuyo es conducirnos a mi amigo y a mí lejos de aquí lo más rápido que puedas, en un momento oportuno. Puedo asegurarte que te conviene no saber cuál es el asunto mío. --¿Y qué saco yo de esto? Además de la oportunidad de balearte. Vicious se abrió el abrigo otra vez para revelar un fajo muy, muy, muy grande de efectivo. Bueno, ya. Eso ya era algo. --¿Por qué yo? --le pregunté. --Simple. Tienes el aspecto de la persona a quien ya nada le importa una mierda. Entre nosotros nos reconocemos. ¿Hacemos el negocio, sí o sí? --Veo que no tengo mucha elección sea como sea. --¿Importaría si la tuvieras? No, decidí en ese instante. No, no no hubiera importado. Más aún, prácticamente en el momento en que abrió la boca, supe que le iba a entrar al asunto. Tenía que entrar. ¿Qué otra cosa iba a hacer? ¿Quedar otra vez como piltrafa en el bar? --Bueno... Voy. --Entonces sal ahora. Me levanté con toda calma de la barra y salí hasta mi auto. Un descapotable. Siempre tuve debilidad por los descapotables, pese a todo. Lo arranqué y lo llevé con ciertos nervios a la entrada del bar. Esperé unos minutos, y luego oí un montón de gritos, seguidos por dos hombres que corrían hacia mí. El primero era Vicious. Los dos se metieron de un salto al auto y partí, con el corazón martilleando más fuerte y más rápido que jamás antes en un descapotable. Sentí gente gritar detrás nuestro, y mis nuevos colegas abrieron fuego un par de veces. Taconeé más el acelerador y salí a pelallanta del estacionamiento, corté por delante de tres vehículos mientras patinaba entre cuatro carriles de tráfico. --¡¿Para dónde voy, para dónde voy?! --vociferé. --¡A LA IZQUIERDA! Me metí chirriando a una calle lateral, donde se me ordenó casi de inmediato ir a la derecha. Lo hice, esquivando por poco a una zarigüeya. --Pronto habrá un claro a tu derecha otra vez. Parece entrada de coches pero atraviesa todo el terreno. Vas a salir a la 91. De ahí sigue lo más rápido que puedas hasta que veas la Salida 37 y métete ahí. ¿Entendido? Respondí haciendo un viraje repentino a la derecha, hasta el claro. Achiqué los ojos al irme acercando a la autopista, alistándome para entrar por el empalme como jamás humano alguno había entrado por los empalmes del mundo. Taconeé otra vez el acelerador y entré casi volando a la autopista, y corté de inmediato hasta el carril izquierdo, invocando la furia de unos cuantos camioneros. Le mostré a uno el dedo medio por puro impulso, al virar otra vez al carril derecho. Zigzagueaba entre las hileras del tráfico, peligrosamente, con toda soltura. Jamás creí ser capaz de manejar así, aunque nunca había tenido la necesidad. Tampoco había mucha necesidad ahora. Podía haberlos baleado a los dos. Pero, no sé por qué, esto parecía la mejor opción. Vi la salida, torcí hasta ella y Vicious me indicó que bajara un poco la velocidad. --Con calma --dijo. Así lo hice, y conduje despacio hasta el frontis de un restorán, y estacioné. Estacioné como si nada. Como si viniéramos a comer pollo con papas fritas. Los dos hombres se bajaron rápido del auto e indicaron que los siguiera. Me guiaron en silencio hasta una limosina..., una limosina..., donde por primera vez pudimos llegar a mirarnos. El otro tipo, el compañero, bueno..., tenía pinta de haber nacido en la parte de atrás del coche de su papá. Pero Vicious... no tenía ni la más remota ansiedad en los ojos. Pero tampoco los tenía desprovistos de emoción. Nada más los tenía cautelosos. Hacía mucho tiempo que yo no miraba a un hombre a los ojos sin saber de inmediato lo que estaba pensando. La limo partió rápidamente en dirección opuesta a la que habíamos llegado. --Tienes tu talento para el volante --dijo el compañero con aire de holgazán--. ¿Lo haces seguido? --Creo que la verdadera pregunta es --me salió al paso Vicious antes de que pudiera contestar-- si lo harás seguido. Me pasó la plata. Toda. La tenía toda en mis manos. --Emm... Me haría falta otro auto --señalé lo obvio, todavía inspeccionando mi reciente ganancia monetaria. --Siempre tendrás otro auto --contestó Vicious. ¿Sonreía? Sonaba como si sonriera, pero no se le veía en ninguna parte de la cara. --Entonces, yo creo que... me interesa. Me sentía distante de mis propias palabras, como si otra persona las estuviera diciendo. ¿Me interesa? ¿Así de simple? ¿Qué me pasaba? --Genial --dijo el compañero, sonriendo--. Bueno y, ¿cómo te llamas? Se me hace que debería decirte algún nombre cuando te grite instrucciones desde el asiento de atrás. --Difícil --contestó Vicious por mí--. La dama se me presentó como Difícil. El compañero pareció tenuemente divertido: --Bueno, Difícil, yo soy Spike. Bienvenida al Club de los Nombres Idiotas. No solo soy el presidente, también soy miembro. Por Dios, de verdad que era un aspirante a rey de la juerga armado con pistola. Prácticamente intercambiable con cualquier otro tipo de cada bar en que he estado. Vicious me lanzó una mirada casi de disculpa mientras me dejaban enfrente de mi casa. --¿Cómo supieron...? --farfullé. --No te preocupes --dijo Vicious. ¿Y sabes qué? No me preocupé. * * * En vez de eso me desplomé sobre la cama y empecé a sopesar las consecuencias de mis varias opciones. Pese a la posibilidad de haberte dado la impresión de enamoriscada, perdida en los ojos de él, etc., en realidad era todo menos eso. Ese hombre me había intrigado, sí. Y sí, iba mucho tiempo desde que un hombre me había siquiera picado el interés más allá de un polvo utilitario. Pero esos factores estaban muy abajo en la lista de los pro, si es que llegaban a la lista. No me hacía ideas falsas sobre lo que había ocurrido esta noche. Lo que fuese que hubiera pasado en ese bar, era muy ilegal y con toda seguridad muy violento. Para todo efecto práctico, yo había consentido y facilitado el actuar de un par de asesinos. Sería una maravilla suponer que se trataba del tipo de criminales simpáticos, coquetones, de las películas viejas de Redford y Newman, que robaban a los ricos para darle a los pobres, que hacían justicia propia en una sociedad injusta. Hubiera sido muy fácil en ese momento lanzarme en un discurso de "El pueblo unido jamás será vencido" y justificar punto por punto lo que estaba considerando seriamente hacer. Podía haber hecho que todo pareciera una especie de aventura monumental. Pero sabía que no. Incluso entonces, sabía que no. Podía achacarle esta noche a la adrenalina, pero ya hacía mucho que se me había pasado el efecto. Si iba a aceptar esta oferta, tenía que aceptar todo de ella, incluido el hecho de que me convertiría en una persona mala. La pregunta principal era si de verdad yo quería ser una persona buena. O la pregunta más principal aún, si es que algo puede ser "más principal": ¿era ya una persona mala? Tuve familia alguna vez, pero nos habíamos aburrido mutuamente uno del otro, completamente hastiados de lo poco que teníamos para ofrecer. En el estado antes conocido como Minnesota, las rubias bonitas eran o Miss Estados Unidos o se embarazaban a los diecisiete. Yo no tenía ninguna de ambas condiciones, y por tanto mi familia no sabía qué hacer conmigo. Ni contaba yo con el impulso de una ambición por el éxito. Aborrecí el colegio con una pasión al rojo vivo, y no podía concebir pasar cuatro años más de clases. Y aun si era capaz de sobrellevarlos, no harían más que dejarme al otro lado de un título, sin dirección y con una montaña de deudas. No me producían interés los flujos de caja ni los bienes raíces. Nunca quise ser enfermera por miedo a la responsabilidad, y carecía de la soltura de habla necesaria para la abogacía. No era ninguna maravilla con los niños, si bien no los odiaba. Lo mismo con las mascotas. Nunca fui voluntaria en nada y nunca le di ni una moneda a indigente alguno. Jamás había estado enamorada y, hasta donde podía imaginar, jamás me habían amado a mí. Así que ¿qué moral verdadera podía tener? Claro, tenía un sentido básico de lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero entre los ladrones también había honor, y eso no los convertía en santos. De momento, yo no era virtuosa ni malvada. Simplemente existía en una especie de limbo perpetuo, y ya era hora de elegir un bando. Así que elegí. Elegí el mal a sabiendas, no por una confusión de niña ni por el azul de los ojos de un hombre. Elegí el mal porque pareció emocionarme más que cualquier otra cosa antes, porque me pareció que así sería yo más útil a alguna causa, y, lo más importante de todo, porque el mal me quería a mí. El bien nunca ofreció algo así. Tal vez esa es la gracia del bien, que no hace ofertas. Una tiene que ir tras él. Francamente, no sentía la motivación. Y así, a la noche siguiente cuando contesté el teléfono, me saludó una voz sintetizada, que me dijo que un Buick verde me esperaba en el aparcadero del restorán Connors. Y fui. ******************************************************************